A las cosas por su nombre

19/04/2018

Barcelona, febrero de 1976. Tras la muerte de Franco, la sociedad entera piensa en una Transición. Varias manifestaciones reúnen centenares de miles de catalanes en torno a tres palabras, un lema inextinguible: "¡Llibertat, Amnistia, Estatut de Autonomia!". Recuperar las libertades fundamentales, reconciliar las dos Españas, devolver la autonomía a un pueblo particular. Un proyecto ambicioso.

A pesar de las dificultades, España acaba siendo una democracia asentada que forma parte de la comunidad europea. Lo que parecía un callejón sin salida en 1976 acabó en una Constitución democrática en 1978 y en una autonomía recobrada en 1979. Los catalanes, dispuestos a negociar y llenos de buena voluntad, participaron en el proceso de transición que devolvió a España su dignidad.

Hoy, año 2018, en el que se van a cumplir cuarenta años de la Constitución, Cataluña aún está sufriendo daños colaterales del proces, esa insurrección jurídica -pero no exenta de violencia- que más dificultad le ha causado al Estado español desde ese lejano 18 de julio de 1936.

¿Cómo se puede valorar el hecho de que una sociedad que aprobó al 90,46% la Constitución de 1978 acabe sufriendo una tentativa de desconexión de España llevada a cabo por un gobierno autonómico legítimamente elegido? En mi opinión, se puede responder a esa pregunta enfocándola de dos maneras.

La primera valoración es muy simple, un mero análisis estadístico. Hay que reconocer que hoy, el sentimiento nacionalista es fuerte en Cataluña, y no hay que ignorar ese problema. Pero en 2015, Artur Mas, acosado por los casos de corrupción de su partido, y apoyándose en la crisis vivida desde 2008 en España y en Cataluña, convocó elecciones autonómicas, convirtiéndolas, unos meses después de la farsa del 9-N, en un plebiscito en favor o no de la independencia de Cataluña. El fracaso fue claro: los partidos que se declaraban partidarios de la independencia obtuvieron 39% de los votos. Y ahora, tras la activación del artículo 155, las elecciones del 21-D dieron un 47% de los votos a los partidos independistas. Dos escrutinios convertidos en plebiscitos, dos derrotas del nacionalismo secesionista. No hubo legitimidad para la consulta ilegal del 1-O, y tampoco basta hoy para justificar y legitimar tal desbarajuste político. La estrategia del nacionalismo catalán es una traición a su pueblo y una falta de consideración total a lo que es la democracia y la búsqueda del bien común.

La segunda valoración es mucho más compleja y nos lleva hacia horizontes históricos, políticos y filosóficos. Pero el fin y los medios, la teoría como la práctica, son despreciables. Los artesanos nacionalistas llevaron una política escondida de adoctrinamiento, y recogieron sus frutos en un momento clave: la gran recesión económica del 2009-2010. Cataluña fue una de las regiones que más sufrió los daños de la crisis: el paro, la inflación y la crisis llevaron a que la propia Generalitat de Artur Mas impusiera los peores recortes de toda España, a la altura del 26%. Esa crisis económica generó una desesperanza en la sociedad catalana, y los políticos nacionalistas, principales responsables de recortes tan altos, empezaron a desarrollar con más fuerza un discurso anti-España. Lo que no encajaba antes encajó de golpe, y los nacionalistas se lanzaron en la aventura del proces con la garantía del apoyo de una parte de la ciudadanía inmersa en una gran crisis económica y graves problemas de conciencia colectiva. Pero todo eso pudo ser llevado a cabo gracias a un largo perverso trabajo de fondo llevado a cabo secretamente, que voy a explicar ahora.

El nacionalismo es una ideología que difícilmente se puede justificar ahora. En tiempos de descolonización es necesario porque defiende valores de libertad y emancipación. Pero en una democracia consolidada, la teoría nacionalista se convierte en una putrefacción egoísta, xenófoba y racista. Y cada una de esas palabras encaja con el pensamiento de los líderes del nacionalismo catalán. "España nos roba" es el eslogan de un egoísmo económico, de un rechazo a los valores esenciales de repartición de riquezas y de justicia social. Y en lo del racismo, ¿no escribía Jordi Pujol en 1958 que "el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (...) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad"?.

Claro, ese racismo podría ser un caso aislado, un error de juventud. Pero al menos, sería una evidente depreciación compartida con Artur Mas, su sucesor, que dijo en 2011 "y no le hablo ya de Sevilla, de Málaga, de Coruña, etcétera, porque allí hablan el castellano, efectivamente, pero a veces a algunos no se les entiende". Lo diferente es inferior. 

La importancia de la crisis de conciencia vivida en Cataluña, generada por la crisis económica, puede medirse por el apoyo y los votos que reciben esos políticos, que tampoco se esconden de sus opiniones. Pero tampoco se puede culpar totalmente a los ciudadanos sin explicar los mecanismos sociales e ideológicos que les rodean. 

El pueblo catalán fue el pueblo que más compromiso tuvo con la regeneración democrática tras Franco. Pero una vez esa democracia asentada, a pesar de que menos de un 20% de la población fuera favorable a la independencia, la Generalitat llevó a cabo una política de adoctrinamiento. El mejor ejemplo de esa política es la "estrategia 2000", el programa diseñado por Jordi Pujol en 1990 para favorecer el sentimiento catalán. Entre muchas ideas, el texto proponía una "divulgación de la historia y del hecho nacional catalán", "impulsar el sentimiento nacional catalán de los profesores, padres y estudiantes", "establecer acuerdos con editoriales para su elaboración y difusión [de libros de historia sobre Cataluña y los Països Catalans], con subvenciones si es necesario", "estimular el sentimiento nacional catalán de los estudiantes y profesores y promover el uso de la lengua en todos los ámbitos de la actividad académica y de investigación", "introducir a gente nacionalista de una elevada profesionalidad y una gran cualificación técnica entre los lugares claves de los medios de comunicación", "garantizar el uso del catalán en todos los letreros, indicadores, tablones de anuncios, impresos, publicidad, documentación comercial", "promover unas organizaciones patronales, económicas y sindicales catalanas" y "que la Administración se identifique [...] con los valores nacionales". 

Últimamente, el establishment intelectual francés despreció y criticó al candidato de derechas para la presidencia de 2017, François Fillon, por querer presentar una visión edulcorada de la historia francesa, que reforzara el sentimiento patriótico de los jóvenes. ¿Qué pensarían viendo aquello? Esa política de propaganda y de infiltración del sentimiento catalán no es digna un territorio que se quiera presentar como democrático. Son más estrategias inspiradas de la táctica del salami o de Stalin que otra cosa. Lo digo por si acaso. 

El Estado español, sea con gobiernos socialistas como populares, ha dejado el veneno infiltrar la sociedad catalana. Y ahora, se encuentra con unos políticos nacionalistas ambiciosos apresurados por la necesidad de hacer olvidar los casos de corrupción que llevan pendientes. Intentaron llevar a cabo un golpe de Estado jurídico, apoyados en una masa que se deja llevar a la desesperada tras los graves recortes sufridos por Cataluña (y el país entero) durante la crisis económica. Electores que nunca hubieron votado por tales proyectos sucumbieron, por resignación, al voto de la última oportunidad.

No hay excusas que quepan. El Estatuto de autonomía de 1979 y las garantías democráticas del "régimen del 78" dieron a Cataluña unos privilegios legítimos que nunca tuvo anteriormente, y de los que hay que enorgullecerse. Pero ahora, el nacionalismo presenta a Cataluña como una nación oprimida, apoyándose, entre otros, en los argumentos de la suspensión del nuevo Estatuto de autonomía catalán por el Tribunal Constitucional en 2010, o de los efectos de la crisis en el pueblo. ¡Qué ilegitimo queda ese argumentario, comparado con la traicionera política llevada a cabo por la Generalitat desde la Transición! Y ahora, hay que aguantar el desprecio y los argumentos de individuos que tachan a España de represiva, fascista y franquista. Esa desvergonzada manipulación de la historia y ese sucio falseamiento de la verdad contribuyen a defender ese cínico postureo democrático.

El nacionalismo catalán es ideológicamente dañino y difunde mentiras indignas, apoyandose en la credulidad de un electorado tocado por la grave crisis económica. Además, se apoya en métodos antidemocráticos, que además de herir a la democracia española, tienen secuestrado a medio pueblo catalán. La sociedad vasca vivió épocas peores, raptada por ETA. Hubo muertos, llantos y mucho miedo. Pero nuestra joven democracia no cedió. No capitulará mañana ante esos impostores.

En España invertebrada, Ortega y Gasset explicaba la aparición de los nacionalismos catalanes y vascos por la falta de proyecto común de España. Parece que la historia le dio la razón. La Transición concentró la voluntad de todas las fuerzas políticas catalanas: Pujol fue uno de los pilares del desarrollo de la democracia española. Ese proyecto común, el proyecto democrático, lo aspiró todo. Hoy, la crisis y el inmovilismo de los políticos españoles no ilusionan a la ciudadanía. Y renace la "llamada de la tribu", como escribiría Vargas Llosa, esos sentimientos mortíferos que fracturan una sociedad.

Queridos políticos, leed a Don Ortega. Hay que darle a Cataluña, con España, un nuevo proyecto común y ambicioso.

©César Casino

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